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lunes, 25 de noviembre de 2013

"Viltrania. Parte 4" de Elizabeth Burch

Me miró con cara de no entender ni media palabra, y en ese momento me pregunté si de verdad no había conseguido empeorar la situación.
El resto del camino lo recorrimos en silencio. Habíamos dejado la playa atrás y nos adentrábamos en el bosque, que no era tan frondoso como parecía. El suelo estaba cubierto de ramas rotas, troncos caídos y hojas secas que me cosquilleaban los pies. El cantar de los pájaros inundaba el lugar y se podían oír los tímidos correteos de los animales. Se respiraba un aire limpio y fresco. El viento removía las copas de los árboles y el roce de las hojas producía la relajante canción de la naturaleza. Sin duda, este lugar, sea cual sea, cada vez me impresionaba más. Durante el camino, tuve tiempo de analizar mejor a mi nuevo amigo Ken y, al ver su ropa, me pregunté cómo no me había dado cuenta antes de lo andrajoso que estaba. Llevaba un pantalón largo hasta las rodillas hecho de una tela fina y no muy cuidada, al igual que su jersey, y calzaba unas sencillas alpargatas. A su espalda colgaba un pequeño saco lleno de flechas y agarraba un arco en su mano derecha. En resumen, tenía una pinta bastante anticuada. Entendí todo aquello cuando, después de un rato caminando, llegamos a una aldea situada en un extenso prado. Las diminutas casas hechas de madera no muy trabajada se agrupaban en reducidos núcleos alrededor de pequeños huertos cercados. Había mucha gente en movilidad. Algunos trabajaban en los huertos, otros almacenaban la comida o cuidaban animales. Lo que más me llamaba la atención es que todo era muy rudimentario, muy rural, muy rústico. Parecía una aldea de hace siglos y, desde aquel momento, me di cuenta que lo más importante no era saber donde estaba, sino saber en qué año me encontraba.
-Por fin hemos llegado-suspiró Ken interrumpiendo mis pensamientos- Esta es mi aldea. Viltrania. ¿Qué os parece?- terminó diciendo con una amplia sonrisa.
Yo no sabía que decir. Por un lado acababa de descubrir que, no sólo había aparecido de repente en un lugar desconocido, sino que también había aparecido de repente en un lugar desconocido en plena edad media. Por otro lado, tenía que admitirlo, la sonrisa de Ken era excepcional.
-La… La aldea está… muy bien-dudé.
-Entonces seguidme, os presentaré a los demás-decía él mientras se acercaba a la multitud con pasos decididos.
-¡Espera!-grité. Casi me arrepentí de haber gritado tanto.
Ken se paró en seco y me miró extrañado.
-¿Ocurre algo?

“Sí. Desde luego que ocurre algo.”

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