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martes, 26 de noviembre de 2013

"La última palabra. Parte 3" de Celia Álvarez


Me froté los ojos, incapaz de distinguir si aquello era real o un sueño. Rose me sonrió y se presentó. Tendría alrededor de veinte años, bajita y muy guapa. Intenté saludarla, pero alguien más irrumpió en la habitación. Era la mujer de piel oscura. Nada más cruzar el umbral de la puerta, le pido a Rose que abandonara la habitación. Me quedé con ganas de hablar con ella, pero ya tendría otra ocasión.
La mujer de piel de ébano se llamaba Sarah y en la siguiente media hora, resolvió parte de mis dudas. Al parecer, me encontraba en un campamento formado por rebeldes y protegidos. Los protegidos eran personas de interés para el gobierno, para la máquina. “Como tú,” puntualizó Sarah “o como Rose”. En realidad, no sabía porque tenían tanto interés en nosotros, ya que a diferencia de otras personas de interés, no éramos eminencias en nada. Solo gente normal. Pero, Sarah había sido lo suficientemente perspicaz como para ver que algo querían de nosotros, aunque desconocía el qué. Por esa razón, con ayuda de algunos rebeldes, intentaba encontrar a “los excepcionales” (cómo ella nos denominaba) antes que los hombres del gobierno.
En mi caso, no le había costado demasiado dar conmigo, ya que conoció a mis padres y ellos le hablaron de mí. En un intento desesperado, le pregunté acerca de ellos. Sin embargo, ella se mantuvo firme y no respondió. Únicamente dijo: “A partir de ahora, vivirás aquí, está será tu habitación y colaborarás en las tares. Otra norma es que no debes sobrepasar los límites, corriendo el riesgo de que te encuentren gente más codiciosas y sin miramientos.” Antes de salir, me estudió con la mirada y añadió:
-Y no te vendría mal unas clases de defensa personal. Por si acaso.
No me inspiraba demasiada confianza, pero todo lo que había dicho tenía sentido. Medité un rato mis opciones y vi que la mejor era seguir las pautas de Sarah. Vivir allí. No obstante, también quería descubrir la relación que tenían mis padres con esa mujer y cualquier cosa sobre “mi condición excepcional”.

Minutos después salí de la habitación y en el pasillo había más gente. De entre todos los rostros, distinguí a Rose. Había esperado a que saliera. Se acercó hasta mí y se ofreció a enseñarme el campamento. Salíamos fuera del edificio y desde el exterior pude ver que se trataba de una antigua fábrica, seguramente a las afueras de Cardiff, y entorno a ella había numerosas tiendas y personas. Me sorprendió comprobar que, a primera vista, no parecían vivir en malas condiciones. Suspiré con amargura al ver lo que sería mi nueva vida. Después miré a Rose y cambié de idea. Ella iba a ser una parte especial de mi nueva vida, lo sabía por el peculiar y nuevo palpitar de mi corazón.