lunes, 13 de mayo de 2019

"Desde el corazón" de Sara Santana


Como una sentencia de muerte,el chasquido de la puerta cerrándose tras ella lo dijo todo; ya no había vuelta atrás.
Laura se sentó sobre la camilla y miró a su padre en silencio esperando sus órdenes,no sin percatarse de la cámara en la esquina de la habitación que grababa la sesión.
-Laura Miller,sujeto número 62,diecisiete años de edad,lo que te convierte en la persona más joven en entregarse a los efectos de este hallazgo científico-su padre habló sin mirarla mientras preparaba la aguja con el suero.-En breves instante el sujeto número 62 será invadido por los efectos del suero.El sujeto quedará inconsciente durante el tiempo que sea necesario para que el proceso se desarrolle correctamente-
El Doctor Miller alzó la aguja que contenía el suero,mostrándosela a la cámara. Laura se tumbó en le camilla y miró al techo esperando el momento que temía y a la vez añoraba.
-Una vez bajo los efectos del suero,el sujeto experimentará ilusiones,las cuales mostrarán los más ansiados deseos de su corazón,puede conllevar efectos secundarios,los cuales varían depende de la personalidad del sujeto-el Doctor Miller apartó unos mechones negros del cuello de su hija e inyecto el líquido sumiendo a Laura en  un profundo sueño.
Lo primero que Laura Miller vió cuando abrió los ojos fue oscuridad.Se encontraba de pie en mitad de la nada,hasta que la primera ilusión apareció.
Un espejo flotaba delante de ella,desprendiendo una suave luz azulada que le daba al rostro de la joven un aura fantasmal. Laura dio un paso hacia el espejo y entonces cuando vió lo que reflejaba comprendió su significado.Allí estaba ella,feliz,sonriendo de verdad,sin preocupaciones.Los ojos de Laura se llenaron de lagrimas y el espejo se desvaneció,dejando paso a otra ilusión.
Cuando las figuras de dos personas aparecieron delante de la joven, Laura sintió  su corazón hacerse pedazos.
-¿Joshua...?-musitó la chica con la voz rota observando a su hermano.
-¿Mamá?-habló la chica mirando la una mujer pelirroja que estaba al lado del chico.
Ambos habían muerto años atrás,su madre por leucemia y su hermano como víctima de un accidente de tráfico y ahí estaban devolviéndola la mirada.Su madre era una mujer fuerte,verla en sus últimos momentos sin energía para nada más la destruyó.Su hermano,con el pelo negro y los ojos grises,era su alma gemela,desde su muerte,la imagen de su rostro lleno de heridas aún la acosaba durante las noches.Parecían tan reales que a Laura le dolía pensar en que desaparecerían cuando el tiempo se agotase.
Después de unos segundos, las figuras comenzaron a desaparecer.
-¡NO!- la chica corrió hacia las dos figuras y alargó el brazo alcanzando la mano de su hermano justo antes de que la oscuridad invadiera el lugar,y también su corazón.


"Poem" de Sara Santana


Sometimes I hear voices,
 Screaming inside my head,
Telling me not to listen,
To those who are asking for help,
But what if one of those hurting souls is mine,
Trying not to drown,
In this sea that is my life.
W.W.


"Un sufrimiento que aún disfrutáis" de Ángela Amelibia


No consigo recapitular la despedida con mi madre, me separaron de ella poco después de nacer. Mientras me asenté varias semanas en una jaula con un tamaño reducido al mío.
Ya adulta, un día desperté aturdida en un pequeño cuarto gris, con una sola puerta y manchas de sangre por todas las paredes y el suelo. Al intentar moverme siento un fuerte dolor en las costillas, esta amoratado. A mi derecha en la arrinconada esquina vi a un compañero tumbado en el frío suelo y rodeado de un charco denso y rojo. Me acerqué como puede y vi que tenía una larga y profunda raja entorno al cuello. Después, me levanté e intenté salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada. Minutos después, se escucharon pasos acercándose rápidamente y el chirrido espantoso del pomo de la puerta mientras pivotaba a la izquierda. Accedió al interior del cuarto y no hizo nada por mi compañero solo miro con mala cara y me agarró. Luego me ató y tiró de mí, me resistía sabía que no me esperaba nada bueno tras la puerta, y llena de agobio y ansiedad me disparo en la frente con una sustancia que me mareo, pero no lo suficiente, era como si quisiera verme sufrir solo con mirarme. Me desplazó a través de un corredor con barras frías de metal a los lados y en el cual al final me engancharon del pie y me colgaron boca a bajo como si fuera un saco. La máquina que sostenía el gancho provocó el movimiento que me transportó a otra sala con un olor muy fuerte a muerte y encharcada de sangre. Aun consciente se acercó a mi con una sonrisa en la cara y comenzó a cortarme las patas. Me desangraba y hacía ruidos de dolor, pero nada, la maquina seguía moviéndose.
Aun viva resigno de dolor y con los ojos entreabiertos y con mi ultimo aliento, vi como una larga y afilada hoja de hierro pasó atravesando mi cuello. Pero todos preferimos estar muertos antes q pasar por esto.


domingo, 5 de mayo de 2019

"A través del tiempo" de Alex Díaz


Me levanto y me miro al espejo. Una pequeña cicatriz adorna mi frente transmitiéndome al mismo tiempo infinidad de sentimientos. Me recuerda que tengo que luchar para cumplir un objetivo especial. “Salvar miles de vidas”.
Todo comenzó una mañana. Soy espía y me habían encomendado una tarea muy importante: revisar un laboratorio desconocido y las pruebas que en él se estaban realizando.
Esa mañana me tocaba entrar. Abrí la puerta de la entrada trasera y, tras cruzar una serie de pasillos, encontré justo lo que estaba buscando.
Exactamente en el centro de una sala cuadrada había una especie de cápsula rodeada de muchísimos cables, donde podía caber una persona. Me acerqué, deseoso de averiguar lo que era y estuve a punto de gritar de la ilusión.
Acababa de descubrir que en un laboratorio no muy grande y desconocido, estaban inventando una máquina del tiempo. No había nadie, ni siquiera cámaras de seguridad. Decidí entrar en el ordenador del mismo y buscar todos los archivos que estuviesen relacionados con la máquina. Llegué a la conclusión de que todavía no funcionaba. Volví a acercarme al maravilloso invento y me introduje solamente para comprobar si de verdad cabía en ella.
En ese momento sucedió algo que para nada esperaba. La máquina se encendió. Empecé a gritar, pero nadie acudió en mi ayuda. Todo comenzó a brillar y a temblar con mucha intensidad, lo que me obligó a cerrar los ojos y cuando los abrí, me sangraba la frente y vi que había aparecido en una ciudad que se asemejaba  a Nueva york, pero mucho más moderna.
Había proyecciones en el  cielo por todos lados que enseñaban unas escenas horribles. La gente se congregaba entristecida alrededor de las pantallas. Tardé unos minutos en descubrir que se trataba de un homenaje. Me concentré un poco más en escuchar la voz de la proyección y descubrí que hablaba de una guerra en el 2096. Un enfrentamiento de pobres contra ricos, que terminaría con el lanzamiento de múltiples bombas atómicas. Finalmente habló de la destrucción total de tres cuartas partes del planeta.
En ese momento comprendí todo. Había viajado al futuro y estaban homenajeando a todas las personas que habían muerto en la Tercera Guerra Mundial. Las gotas de sangre continuaban cayéndome por la frente y decidí irme de allí cuanto antes. Me dirigí hacia la máquina del tiempo, que había viajado conmigo y conseguí apañármelas para teclear la fecha a la que quería regresar. Por segunda vez, comenzó a temblar y a brillar con la misma intensidad. Al abrir los ojos estaba de vuelta al laboratorio, que continuaba vacío.
Avancé través de los pasillos y llegué a la puerta trasera. Me metí en el coche para conducir directo hacia mi casa. Una vez allí me dispuse a curarme la herida que tenía en la frente. La desinfecté, pero era profunda y me dejó una cicatriz, que recordaría durante toda mi vida y que me daría una causa por la que luchar: Salvar al mundo de la III Guerra Mundial.

martes, 30 de abril de 2019

"La sombra" de Giorgio Venturini


Julián era una persona vivaracha, de tez morena y de facciones afiladas, siempre me había parecido un elfo con esas orejas alargadas. Él era quien me mantenía vivo, pero él no se daba cuenta de que existía, ni siquiera de lo tanto que lo quería. Cuando la luz se desvanecía, en colores cálidos y vívidos, dejaba de existir, me iba con la luz a un lugar del que no volvía hasta que amanecía.

Hasta que un día…

Aparecí a su lado, pero no estaba en casa, sino en el coche, tosiendo y encogido de dolor, su madre iba conduciendo frenéticamente con la cara llena de angustia. Su padre, en cambio, iba atrás con Julián, con su cabeza apoyada en su regazo hablándole con cariño y cuidándole.

La luz del quirófano iluminaba el cuerpo dormido de Julián, los cirujanos y las enfermeras estaban operándole de urgencia con rapidez y soltura. - Todo va a salir bien – pensé con el corazón encogido de tristeza deseando poder abrazarlo.

Estuvo tres semanas en el hospital, varias enfermeras venían cada día a atender sus necesidades, pero había una en particular que se notaba que a Julián le hacía feliz. Siempre que venía, depende del tiempo que tenía, le contaba un chiste o una historia, cuando terminaba, la cara de Julián se colmaba con una sonrisa preciosa rematada con unos ojos azul cielo. Él, cuando se aburría, miraba por la ventana, deseando volver a salir afuera una vez más, deseando tocar la hierba recién regada con sus pies descalzos, deseando volver a ver a sus amigos ya que ninguno de ellos había venido a visitarlo. Un día, sus latidos empezaron a bajar de frecuencia estrepitosamente, su respiración se volvió más ronca y más lenta. Julián lloraba torpemente, su llanto se interrumpía con dolorosos tosidos, los cuales hacían que llorara con más fuerza debido a la sensación de ahogo. Pulsaba el botón como un loco gritando como podía para llamar a las enfermeras. Dos de ellas entraron en la sala con oxígeno para llevárselo al quirófano, dónde volvería a ser operado a corazón abierto.

Los médicos se alejaron de la camilla con caras tristes y agotadas tras nueve horas de operación. Una sonrisa tímida debida a la anestesia se asomaba en la pálida cara de Julián, - ni siquiera en los peores momentos se le borraba la sonrisa – pensé con melancolía. Y yo me volvía más y más transparente, hasta que oí un pitido constante, y sin más, desaparecí.

A partir de ahora su sombra le acompañaría para siempre.

miércoles, 24 de abril de 2019

"Querida yo del futuro" de Alejanda García


Querida yo del futuro, me encantaría que cuando llegase tu momento de vivir la vida, pudieses leer esto o tan sólo recordarlo. Cuando llegue tu momento espero que elijas bien a las personas que te rodean porque todas ellas estarán en las situaciones buenas, pero cuando te quieras dar cuenta y estés en un momento malo, la mayoría de esas personas habrán desaparecido.
También me gustaría que supieses que el tiempo vuela y que no estamos aquí para desperdiciarlo, con esto quiero decirte que aproveches todos los momentos al máximo, vivas el presente, dejes atrás el pasado y no pienses en qué harás en un futuro. Aprovecha todas las oportunidades que vengan y exprímelas todo lo que puedas porque todo pasa por algo y al final todo se acaba.
Haz lo que a ti realmente te haga feliz, no hagas las cosas porque los demás te lo digan, hazlo por ti misma. Dedícate tiempo y piensa en ti, preocúpate más por ti misma que por el resto de personas. Quiérete porque nadie te va a querer o dar el tiempo que necesitas, salvo tu misma.
Asume que va a haber seres queridos que en algún momento de tu vida se van a ir y no podrás evitarlo. Las personas se van por una causa o por otra pero las que se van definitivamente…duele, asi que por esto tienes que pasar tiempo con la familia y amigos porque en algún momento se tendrán que ir. Aprende a pasar página aunque cueste porque como te he dicho antes, el tiempo vuela.
Este texto puede estar dirigido a mi yo del futuro de dentro de quince años o tan solo para mi yo de mañana por la tarde. Aprenderás a decir un simple adiós a personas que no te mereces y que necesitas alejarte de ellas, pero de vez en cuando ese adiós no será simple, será complicado, ya que lo mismo a esas personas no las volverás a decir ni un simple hola.
Querida yo del futuro, nunca pierdas la sonrisa, ponte objetivos y trata de cumplirlos. Por último quiero decirte que ojalá esto te sirva, que esto es para ti.
Hasta pronto.

"La plaza" de Lucía Espinosa


El suelo de la plaza estaba lleno de cadáveres. John los veía, pero una fuerza extraña le anclaba al suelo y no le permitía moverse. A su alrededor solo podía ver cadáveres, calculó que se encontraba más o menos en el lugar donde debería estar el árbol de la plaza, pero no lo vio por ninguna parte.  Sus ojos fueron yendo de cadáver en cadáver pasando por los de su mujer, su hermano mayor y su hermanita. Un ser se empezó a acercar a los cadáveres. Tenía unas uñas del tamaño de una katana y parecían igual de afiladas. Su sonrisa iba de oreja a oreja y sus ojos eran negros como el carbón. Lo único que parecía humano en él, era su pelo castaño y  la camiseta y pantalones que vestía. Mientras contemplaba  los cadáveres,  el hermano pequeño de John, Steve, se acercó al ser con lo que parecía un trozo de cristal en la mano. Los ojos del ser se dirigieron hacia el niño pero no se movió. John quería advertirle a su hermanito que se alejara, pero su boca no podía moverse. Steve empezó a gritarle al monstruo con los ojos llenos de lágrimas.
 - ¡John!, ¡John! - dijo el pequeño.
- Estoy aquí, contigo, lo siento- pensó John.
El niño le lanzó aquel cristal a la cara, consiguiendo abrirle una brecha que le atravesaba el ojo derecho, pocos segundos antes de que el ser le cortase el cuello con sus garras.
John quería llorar pero las lágrimas no brotaban, todo lo que más quería del mundo estaba destruido. De repente, el ser se giró hacia John, comenzó a andar hacia él y con un zarpazo cortó a John a la altura del ombligo pero, sorprendentemente, no le dolió. Antes de  que su cuerpo tocase el suelo, oyó las palabras del ser diciendo:
– No podrás escapar de mí.
Después se oyó el ruido de unas ramas romperse y todo se volvió negro.
A la mañana siguiente John se despertó en casa, empapado en  sudor y la cara manchada  de sangre,  supuso que le había sangrado la nariz por el estrés de aquella pesadilla, se levantó corriendo y se dirigió a la plaza donde sucedió todo, aún con el pijama puesto. Al llegar John vió un montó de cadáveres ensangrentados  y se dio cuenta que lo que había presenciado aquella noche no fue una pesadilla. Allí se encontraba el árbol que no vio aquella noche pero esta vez estaba talado irregularmente. El resto del pueblo empezó a salir de sus casas y al llegar a la plaza los gritos y llantos se intensificaron. John fue corriendo a recoger a una señora mayor que acababa de desmayarse.
- ¿Qué te pasa en la cara?- dijo la señora cuando despertó.
Asustado, John fue corriendo a su casa y se miró en el espejo y lo primero que vio fueron sus manos llenas de sangre, al igual que su camiseta y  su cara con una cicatriz que le atravesaba el ojo derecho.

"47" de Alba Amelibia

Empiezo a leer las cartas que me dejaste aquel 28 de febrero.
 Un día enmarcable en mi vida.
 Cartas y una rosa Blanca
 47 cartas encima de mi cama, 47 silencios.
 Esperé tanto
 que mi reloj no marcaba la hora exacta
 ni los minutos ni los segundos fueron contados.
 Tan solo esperé y esperé para solo 47 cartas y ninguna presencia.
 Nadie estaba allí.
 Estaba yo sola entre todas esas cartas sin nadie que las leyera por mí.
Leí sin hablar, mi corazón quería que fuese así y así fue.
 Terminé de leer aquellas.
 Aquellas que prometían amor eterno.
 Que creían en los te quieros y en los hasta siempre.
 En blanco como la rosa que iba acompañada de esas cartas.
 Y seguía sin decir ni una sola palabra.
 Tan solo calleron gotas de mis lagrimosas pupilas.
 Llovía fuerte en la habitación.
 Un mar de lágrimas un océano de mentiras.
 Un sin fin de emociones.

"Porque es así" de Alba Amelibia

Porque es así
 lo digo desde un principio 
no es solo porque sí
 es porque es así
 así de verdad
 no de cuento
 te lo digo de nuevo
 que todo es porque es así
 y el amor vence a todo
 a cada adversidad
 no hay respuesta ninguna
 el amor es eso
 porque es como tiene que ser
 porque es así
 porque tiene que ser así
 no hay otra manera
 no hay una igualdad al amor
 el amor es el mayor valor que existe
 por ser como es porque es así
 así de bonito y eterno
 voces dirán que hay siempre algún que otro desamor
 eso se provoca por el propio amor porque es así
 no podemos combatir contra él
 porque siempre saldrá ganando
 porque el amor es así y seguirá siendo así
 por el resto de eternidades. 

miércoles, 10 de abril de 2019

"Solos" de Jaime Gala


Marruecos. Todo empezó allí, en la región de Nador. Las mafias, el hambre y el peligro constante  eran simplemente devastadores , no había nada que se pudiera hacer salvo huir, pero ¿jugártela por irte a otro país en el que te rechazaran? Ni de broma pensábamos mi familia y yo, hasta que la mafia nos encontró.
Era un día más o menos tranquilo, mis padres y mi prima Amira y yo, estábamos en casa relajadamente. Ese día habíamos conseguido algo de comida para cenar, cuando oímos gritos en la casa de los vecinos pidiendo ayuda. Inmediatamente mis padres nos llevaron al jardín y nos dijeron que huyéramos, pero esperamos escondidos. Se hizo de noche y seguían sin venir .Y entonces les vi, estaban esposados por unos hombres enmascarados con armas de fuego que les apuntaban a ellos y a mis vecinos. Solo que faltaba la señora Janaan.
 Los mafiosos registraron nuestra casa buscando algo, a nosotros seguramente, sin éxito, por suerte. Entablaron una rápida conversación en otro idioma y empezaron a quemar mi casa y la de mis vecinos. Cuando se estaban marchando, mi padre miro hacia atrás, seguramente mirando nuestra casa por última vez, ese lugar al que hasta hace poco llamaba hogar  ,y nos vio a nosotros. Me miro directamente a los ojos y me dijo con los labios ``Huye´´.
Se lo llevaron, a él y a mi madre. Antes de que   pudiera reaccionar la señora Janaan aparecio detrás nuestra y nos dijo: es hora de decir adiós  a Nador , a este inhóspito lugar; nos vamos a la frontera con España ahora mismo. Yo no me quería ir, mis padres estaban ahí, en algún lugar, pero me cogieron y me montaron en el coche de el señor Kahily la señora Janaan se puso a conducir cosa que me sorprendió, dado que las mujeres no pueden conducir según mi religión, pero no le di demasiadas vueltas, tenía que preocuparme de otras cosas en ese momento como donde estaban mis padres, el agua, la comida , si podríamos pasar al otro lado o no.
A las dos horas de trayecto llegamos a un pueblo fronterizo de la ciudad de Melilla y empecé a ponerme nervioso, pues ninguno teníamos documentación para poder pasar, pero entonces conocimos a Namir, un chaval de unos 16 años , dos mas que yo , que buscaba trabajo en otro sitio y escapar de la crueldad. Le contamos nuestra historia y decidió ayudarnos a cruzar la vaya al otro lado en el próximo salto de esa noche. No fue fácil y no recuerdo mucho pero si que subimos la valla en la que había muchos pinchos y cuchillas  muy afilados. Pudimos bajar al otro lado pero la policía fronteriza nos pillo .Y  ahora estoy aquí , en un barco de traslado a la península Ibérica para decidir que hacen con nosotros. Tenemos un futuro incierto, no estamos todos juntos , hemos sufrido mucho, pero no nos rendiremos hasta conseguirlo.

lunes, 8 de abril de 2019

"El último verano" de Sara Fisac


Estoy cayendo. El viento agita mi pelo y me impide oír nada. Abro los ojos y lo último  que veo antes de sumergirme en el agua, es el cielo. Un cielo de un azul precioso. Caigo al agua y el frío me envuelve, entumece mis brazos y me corta la respiración. El tiempo parece detenerse, no se escucha nada y reina la tranquilidad. Da la impresión de que estoy en otro mundo, un mundo perfecto en el que no hay preocupaciones. Por un instante me quedo quieta, sin poder moverme, pero al momento, todo mi cuerpo se mueve, luchando por salir a la superficie y regresar, como quien despierta de un sueño. Tomo una bocanada de aire fresco y el sol acaricia mi cara. Oigo a las gaviotas y miro hacia arriba buscándolas. En vez de aquellas aves, mis ojos se topan con la cima del acantilado y me pregunto cómo he sido capaz de saltar desde allí. Recuerdo que alguien me dijo alguna vez que el valor no se trata de la ausencia de miedo, sino de la capacidad de hacerle frente. Supongo que tiene razón, y por lo que me viene encima iba a necesitar mucho valor. Suspiro mientras me relajo en el agua y una sensación de nostalgia empieza a invadirme. Es mi último verano, pero no quiero marcharme, me gusta este lugar. Sonrío tristemente mientras observo las nubes, que anuncian cambios. La vida está llena de imprevistos y nunca sabes que te deparará el futuro. Entonces cierro los ojos y empiezo a recordar. Por mi mente pasan imágenes, recuerdos como un tren que no tiene parada. Un hospital, salas de espera, un médico explicando de la manera más suave que no podían hacer nada para ayudarme... Todos se sorprendieron de que me tomase la noticia de una forma tan serena a pesar de mi edad, todo el mundo me compadecía, pero nadie realmente se acercaba a mí para preguntarme cómo me sentía. Lágrimas han comenzado a resbalar por mis mejillas y se mezclan con el mar. Aquí tumbada, flotando en el agua del sabor de mis lamentos, es fácil olvidar la realidad. Una parte de mi ya no tiene fuerzas y me dice que me rinda, pero hay otra que me dice que siga luchando, que aunque ya sepa cuál es mi final no por eso voy a estropear lo que me queda. Y esa es la diferencia que marca a las personas y que las define, su forma de afrontar la vida y lo que ella conlleva. Sí, puede que sea mi último verano, pero también va a ser el verano de mi vida.

martes, 12 de marzo de 2019

"El mayor tesoro" de Sara Fisac



    “Todo está relacionado”. Eso es lo que me repito mientras corro por unos pasillos que se cierran a mi paso. Yo formaba parte de una expedición a unas pirámides encontradas en Egipto. Se trataba de una exploración relacionada con un papiro encontrado hacía más de un siglo, el papiro de Rhind, redactado por el escriba egipcio Ahmès, en el que se habla del número Pi, pero que gira en torno a 3,16 y no al 3,14. Yo no soy científica ni matemática, pero cuando me dijeron que necesitaban a una exploradora sin miedo a lo desconocido y apasionada por el misterioso mundo egipcio, no dudé en aceptar.  Una vez allí, mientras estábamos entre aquellas grandes piedras, la humedad y el olor a cerrado, me pareció ver una silueta que cruzaba la cámara, pero como nadie más pareció verla pensé que la oscuridad me había jugado una mala pasada y no le di más importancia. Volví a mirar a la pared y me quedé maravillada, pues donde antes no había nada, ahora estaba llena de inscripciones. Reconocí el número Pi y me acerqué más, nunca lo había visto de una manera tan bonita, a pesar de la poca iluminación. Vi círculos, esferas y circunferencias, y supuse que las operaciones estaban destinadas a averiguar la superficie, el volumen y la longitud. Aún maravillada me giré para avisar a mis compañeros, pero no había nadie. Extrañada, pues no les había oído marcharse, di unos pasos con la antorcha refulgiendo. Entonces vi una sombra desaparecer en una esquina, a un par de metros. Esperanzada y un tanto aliviada, me dirigí hacia ella. Al principio mis pasos eran normales, pero al ver que no alcanzaba al dueño de aquella sombra, mis pasos se volvieron rápidos. Seguí aquella silueta y al sonido de sus pisadas por incontables pasillos, pero al ver que no bajaba su velocidad, alcé mi voz, llamándola. Entonces los pasos cesaron, y me encontré sola en la oscuridad, acompañada tan solo del sonido de mi respiración. Me acerqué a la pared de mi espalda y busqué algo que me pudiese dar una pista de dónde me encontraba. Estaba llena del número Pi y de operaciones que nunca antes había visto. Recordé que Pi era la relación entre el perímetro de la base y el doble de la altura de la pirámide de Keops, y me pregunté si aquello tendría algo que ver. Conseguí descifrar una oración y resultó ser la misma que había en el papiro de 1650 a.C. Era gratificante, pues había encontrado lo que andábamos buscando, pero ese éxito se veía empañado por el hecho de que no lograba encontrar a mis compañeros.     Yo vagaba por los pasillos, doblando esquinas, e intentando encontrar el camino de regreso o a mis compañeros, cuando vi a alguien en medio de uno de aquellos corredores, dándome la espalda. La figura se giró y me sorprendí, parecía un niño. Le pregunté que qué estaba haciendo allí, pero no me contestó y se quedó mirándome. Entonces yo también le miré y me fijé por primera vez en su ropa, parecía un faraón de pequeño. De improviso el niño rió, su sonrisa pareció iluminar la estancia, y aún riendo el niño comenzó a correr. Yo sin saber muy bien que hacer, le seguí, él aumentó la velocidad, asegurándose de que le seguía. No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que se detuvo frente a una bifurcación del camino. Señaló la primera y dijo “salida”, después señaló la segunda y no dijo nada, tan solo me miró. Yo no sabía que hacer, uno me devolvía la libertad y el otro tan solo lo desconocido. Me planteé
salir de allí, pero entonces supe que me arrepentiría el resto de mi vida... Así que miré a aquel pequeño faraón, y señalé el segundo camino. El niño sonrió, y mis labios se curvaron hacia arriba, devolviéndole la sonrisa. Entonces él comenzó a dar pequeños saltitos adentrándonos en aquella galería, según andábamos las antorchas colgadas de las paredes se fueron encendiendo, revelando dibujos y más inscripciones. El niño se detuvo frente a una gran puerta con Pi en ella. Entonces rozó la puerta con los dedos y esta se abrió. Dijo “tesoro” y tras una última sonrisa desapareció, y de nuevo me quedé sola. Entré en una estancia amplia, en la que las paredes estaban cubiertas de papiros y de pergaminos. Cogí el más cercano, y lo abrí. Mis ojos se encontraron entonces con indescifrables caracteres que lentamente fueron cambiando hasta que pude entenderlos. Y entonces todo encajó en mi mente. Aquel pergamino que mis manos sujetaban completaban el primero que encontraron en 1855. Hablaba de Pi, de sus propiedades, de que era un número trascendental, irracional y de que tal vez pudiese tratarse de un número universal. Comprendí que el mayor tesoro es el conocimiento y que eso era lo que el niño trataba de decirme.  Oí un ruido y noté como temblaba el suelo. Arena comenzó a caerme desde el techo y asustada guardé el pergamino en un bolsillo junto con un pequeño objeto que había debajo. Salí corriendo, y en cuanto crucé el umbral, se cerró la puerta con un gran estruendo. Y aquí estoy ahora, corriendo para ver la luz del sol, mientras los pasillos se cierran y lo techos se derrumban. Me dirijo hacia el tercer pasillo, que está a catorce pasos de mí. Cuando llego al cruce veo al fin la luz y con mis últimas fuerzas logro salir al exterior, antes de que se derrumbe a mi espalda. Mientras aún estoy intentando recobrar el aliento oigo voces y cuando levanto la vista veo a mis compañeros, sanos y salvos, que me miran sorprendidos. Nadie excepto yo, sabe que ocurrió aquel día en realidad, pues tras meses de investigación tan solo se encontró el pergamino que guardé y aquel pequeño medallón. No conté lo que vi porque nadie me creería, pero siempre guardaré en mi memoria a aquel niño que me enseñó cuál es el mayor tesoro.



lunes, 11 de marzo de 2019

"Venezuela en colores"



  
Amarilla es tu arena
Como el color de tus riquezas,
Amarillas son tus plumas
Como los cantantes de las faunas.

Azules son tus costas
Como las aguas cristalinas,
Azules son tus mares
Como el color del fondo donde habita el caballo blanco.

Roja es la sangre
Como el color del dolor que sentimos,
Pero Roja es la sangre
Como la sangre que perdemos por nuestro esfuerzo.

Amarillo, azul y rojo
Como el color de Venezuela. 

lunes, 7 de enero de 2019

"Yo, Marco Polo" de Sara Fisac



El viento agitaba las velas del barco mientras la tripulación ultimaba los detalles. Me encontraba en la cubierta del barco observando las olas que mecían la embarcación y escuchando los graznidos de las gaviotas. Saqué un pequeño cuaderno, mi diario, y anoté: “Año 1295, yo Marco Polo, voy a iniciar el viaje de vuelta a mi ciudad natal, Venecia.” Levanté la mirada al oír que levantaban la pasarela del navío y volví a guardar el diario en mi bolsa.
Miré por última vez el paisaje. Iba a echarlo de menos. China se extendía ante mí, el lugar en el que había vivido tres años como gobernador, Yangzhou no se encontraba muy lejos. Era mediodía y esa misma mañana me había despedido de Kublai Kan, emperador de Mongolia y China, al que había servido veintitrés años. En el barco llevaba algunos productos originarios de la misma China, como por ejemplo, papel, pólvora, seda y algunos perfumes. Aunque me sentía triste por abandonar el país, también me alegraba porque iba a regresar a Venecia.
Esa misma noche en mi pequeño camarote, estuve leyendo el diario en el que anotaba todo de mis viajes. Aún recuerdo cuando mi padre me lo trajo, hace ya muchos años, de un viaje que hizo a China. Después de eso, recuerdo que me llevó con él y con mi tío Maffeo por la Ruta de la Seda, en 1271. Y allí me encontraba, sentado en una estrecha cama, leyendo bajo la luz de una vela las páginas que una vez yo mismo escribí.
El día siguiente amaneció nublado y a media mañana se levantó un fuerte viento que, acompañado de una lluvia torrencial, sacudían el barco como si fuese una cáscara de nuez. El capitán gritaba órdenes a la tripulación, cuando un cabo que se encontraba a mi izquierda se soltó. El cabo me golpeó y me tiró al suelo, pero rápidamente me puse en pie y me abalancé sobre él. Lo agarré y por la fricción me quemé las manos. Haciendo un terrible esfuerzo logré ponerlo de nuevo en su sitio. Las manos me ardían. El agua lo empapaba todo y dificultaba la visión. Las olas eran tan altas como el barco y  chocaban contra él con furia. A lo lejos se oían truenos, pero no consiguieron silenciar un grito de puro terror que se elevó en el aire. Me giré y busqué a mi alrededor el origen de aquel bramido. De repente oí mas gritos, pero ahora pedían ayuda. Con una fría certeza atenazando mi corazón, me asomé al borde. Y allí estaba, un pobre marinero, aferrándose como podía a un saliente de la madera. Estiré mis brazos con intención de cogerle y fue como si el tiempo se parase. Ahí estaba él, a punto de caerse, y yo, intentando evitarlo. Conseguí agarrarle del antebrazo y tirar de él. Su peso estuvo a punto de arrastrarme con él a las negras profundidades del mar. Planté bien los pies en el resbaladizo suelo y tiré hacia mí. Una mano se asomó, seguida del brazo y del cuerpo. Finalmente pasó una pierna por encima del borde y después la otra, y con un golpe sordo cayó al suelo. Yo no sabía si en realidad le había salvado o si en ese viaje íbamos a perecer todos bajo las aguas. Pero al parecer, todavía no había llegado nuestra hora, porque muy poco a poco, el enfurecido mar se fue calmando, la lluvia cesó y el cielo comenzó a despejarse. El los siguientes días tuvimos un buen clima. Y aunque no se lo confesé a nadie, nunca en mi vida había estado tan asustado como en aquel tormentoso día.
Tras varias semanas de viaje, finalmente llegamos a Venecia y desembarcamos. Resulta que mientras había estado ausente, Venecia había entrado en guerra con la República de Génova. Así que me convertí en capitán de una galera veneciana y luché en la batalla que se enfrentó a la flota de Génova. En dicha batalla fui apresado y encarcelado por los genoveses. Esto ocurrió alrededor de 1298. No sé por qué, pero lo que más me entristeció fue que me desprendí de mi diario. El cuaderno que me regaló mi padre, todas mis aventuras por Asia, todos mis pensamientos y mis conocimientos plasmados en él... Y lo más probable fue que en esos instantes estuviesen destruidos y perdidos para siempre. Cuando por fin creía que estaba solo en mi celda, pensando que nadie me oía, me desahogué y dije en voz alta todo lo que me preocupaba, lo de mis viajes y mi cuaderno. Pero en realidad no estaba tan solo como creía. El escritor Rustichello de Pisa también estaba encarcelado conmigo y al parecer consideró que mis viajes eran muy interesantes y decidió escribir un libro sobre ellos. Me preguntó si podía contarle mis vivencias y él las iría anotando. Superada la vergüenza inicial de haberme dado cuenta de que alguien sí que me escuchaba, acepté. Y me alegré, porque así no todo mi esfuerzo de escribir un diario habría sido en vano. Nos pasábamos los días enteros hablando y escribiendo un libro basado en mi antiguo diario.
Hasta el día que me liberaron en 1299 estuve narrándole mis viajes y mis aventuras y recordando los buenos momentos que pasé. El tiempo que pasé encerrado se me pasó volando. Cuando me liberaron, yo rápidamente busqué trabajo como mercader, porque lo había sido toda mi vida y mi padre y mi tío también. Gracias a eso me volví rico y me convertí en miembro del Gran Consejo de la República de Venecia. Un día mientras caminaba distraído casi me choqué con una mujer. Debía de ser muy hermosa si no fuera porque estaba llorando. Le pregunté su nombre y me lo dijo. Su nombre era Donata Badoer, y era una noble a la que su familia presionaba para casarse. Ese día lo pasamos juntos, la consolé y de ahí nació una bella historia de amor.
Me casé con ella, aunque perdió su rango al casarse conmigo, y tuve tres preciosas hijas: Fantina, Moreta y Belella. Juntos formamos una familia. Por las noches les contaba a mis hijas las aventuras de mis viajes. Ellas me miraban con los ojos muy abiertos y las bocas entreabiertas de la incredulidad. Con la inocencia de la niñez y la curiosidad siempre presente, me hacían todo tipo de preguntas sobre los lugares en los que había estado y sobre las personas que había conocido. Y yo siempre las contestaba como si de una historia fantástica se tratase.
Y aquí estoy ahora, en 1324, tumbado en mi cama rodeado de mis seres queridos, recordando las cosas por las que pasé. Como suelen decir, cuando estás a punto de morir, ves la vida pasar ante tus ojos. Una tos me sacude y cierro los ojos, respirando trabajosamente. Recuerdo aquel viaje de vuelta a Venecia en el que esquivamos a la muerte por muy poco. Y aunque allí logramos ver un nuevo día, sé que a todos nos llega nuestra hora, pero por extraño que suene no estoy asustado. Noto frío en mi mejilla y cuando abro los ojos la veo ante mí. Me sonríe y me dice que ya es mi turno, que tome su mano y que deje este mundo. Le devuelvo la sonrisa y tomo su mano, y en cuanto la toco una sensación de tranquilidad llena mi cuerpo. Mientras el frío se extiende y se nubla mi vista, veo allí a mis hijas. Quiero decirles que no lloren, que no se preocupen por mí, que yo estoy bien, pero no puedo. Así que lo último que veo, antes de que la oscuridad me envuelva con sus fríos brazos, es el rostro de las personas que más quiero.


lunes, 3 de diciembre de 2018

"La niebla"


Todos sabemos qué es la niebla o eso espero. Para el que no lo sepa es una acumulación de partículas de agua que al juntarse nos tapan la visión . A veces en esos días con niebla en los que hace frío me siento al lado de la ventana y me pregunto si me verá alguien desde el otro lado. ¿Nunca habéis vuelto de casa de algún amigo o amiga y tienes que pasar por un parque lleno de niebla y piensas que alguien te va a coger o algo así? Yo sí, y la verdad que me asusta hasta que se empieza a ver un poco más con claridad; ahí es cuando nos sentimos más seguros. Esa sensación de no haber estado viendo nada es muy incómodo ya que no ves, pero bueno, da gracias que ves tu móvil y un poco por dónde pisas, no nos vayamos a  caer y justo pasa alguien que te gusta y no solo tengas la sensación incómoda, sino que también demasiada vergüenza, y luego por el camino vayas pensando si se va a reír, si es que no se ha reído antes en tu cara. La niebla no solo la sentimos o la percibimos cuando la vemos, sino que se hace sentir en otras situaciones en las que no sabes qué pasará ya que no puedes ver el final.