viernes, 20 de abril de 2018

"Aire caliente" de Alejandro Jiménez. PRIMER PREMIO DEL CONCURSO DE RELATO CORTO "PEÑALVENTO"


Nevada, EEUU, 1922, 11:40 de la mañana. El silencio del desértico paisaje fue perturbado por el ruido metálico de un motor. De nuevo, silencio. La puerta del automóvil se abrió. La potente luz del sol atravesó el cristal, proyectando ambiguos reflejos en la tierra. Un pie pisó la árida carretera, y después de unos segundos de los que parecía un momento de reflexión, se irguió un hombre, cuyo rostro desfigurado por el humo del cigarrillo que fumaba daba el porte de alguien seguro de sí mismo. Una leve brisa acompañada de un periódico le hizo reaccionar, haciendo que se agachara a recoger el papel que se había quedado pegado en el bajo de su pantalón de lana. Escudriñó las emborronadas letras con desdén. De pronto, apretó la mandíbula con cierta ira contenida y el cigarro se precipitó empujado por el viento unos metros más atrás. Fijó su mirada en el desdibujado horizonte, en donde sus ojos se perdieron en busca de alguna razón que le explicara por qué estaba allí. Una gota de sudor le bailó por la frente. Se retiró el fedora y lo tiró al interior del coche junto al periódico, descubriendo su engominado y brillante pelo. Un instintivo movimiento de brazo perfiló su cabeza fijando aún más la raya del peinado. Aprovechando el movimiento, se llevó la mano al costado, desabrochó difícilmente el botón de su americana y con suavidad tanteó el interior, comprobando que su revólver seguía donde lo había colocado horas antes. Sacó la mano y con unos reflejos felinos, la frotó con un pañuelo intentando esconder algo que no quería recordar. Estaba manchada de sangre. ¿Herido o quizás implicado en una causa que hace unos años creía justa? Retiró la mirada de su mano, resoplando y limpiando con fuerza la punta de sus dedos. Frunció el entrecejo, forzando la vista, haciendo como que ya estaba acostumbrado a hacer eso. Introdujo un pie en el automóvil y seguidamente su cuerpo, dejándolo reposar en el asiento del piloto. Cerró la puerta y arrancó el motor, al tiempo que encendía la radio. La voz del locutor resonó en el coche y lo que parecía un partido de los New York Yankees le hizo sonreír sutilmente. Aceleró. Escasos segundos más tarde, abrió ligeramente la ventanilla y una bocanada de aire caldeó el interior del coche. Sacó al exterior la mano izquierda y dejó resbalar el pañuelo manchado de sangre de entre sus dedos, que salió disparado en dirección opuesta y cayó en el centro de la carretera. La voz de la radio se volvía menos comprensible conforme se alejaba hasta que fue completamente silenciada por el ruido del vendaval que estaba por venir.

jueves, 19 de abril de 2018

“La niña que soñaba con tocar las nubes” de Sara Fisac Hernando



Las nubes cambian constantemente. A veces nos muestran perritos esponjosos, dragones enfurecidos o castillos increíbles. La niña que miraba por la ventana lo sabía muy bien. Se encontraba en una antigua casa de la sierra en medio del campo, porque sus médicos le habían recomendado que respirara aire lo más limpio posible. Tenía los pulmones muy débiles, y a menudo sufría ataques de tos y espasmos incontrolables. No solía hablar mucho, ya que le costaba y se cansaba enseguida. Ella solía mirar las nubes transportadas por el viento para escapar de su triste realidad. No tenía amigos, pero a ella le bastaba con imaginárselos en las nubes. Acostumbraba a pasarse el día frente a la ventana de su habitación imaginando historias y soñando con que en algún momento, ella también pudiese formar parte de ello.
       Un día fue peor que el resto, la niña no había podido levantarse de la cama, y el cielo estaba encapotado, con lo cual todos sus amigos no fueron a visitarla aquella vez. Cuando sus padres salieron de la habitación, haciendo un esfuerzo superior a sus fuerzas, intentó levantarse, casi al mismo tiempo un ataque de tos la sacudió entera. Respirando trabajosamente se acercó a la ventana y su reflejo la devolvió la mirada, una mirada llena de tristeza y pesar. Oía a sus padres discutir, y ella se entristeció aún más, culpándose de ello. Salió de la casa mientras las lágrimas desbordaban sus ojos, y lloró mientras iba a ninguna parte. Encontró un sauce llorón y se tumbó en sus raíces. Lo último que vio antes de que la oscuridad la envolviese como un cálido abrazo, fueron las nubes haciendo remolinos sobre su cabeza.
           Cuando abrió los ojos, sorprendida, se dio cuenta de que estaba rodeada del blanco resplandor de las nubes y frente a ella, todos los amigos con los que había soñado estar. Y la niña jugó, corrió y rió como nunca antes había podido hacerlo. Una sonrisa iluminaba su rostro, ajena a lo que ocurría
en el otro lado. Ajena a unos padres que abrazaban desconsolados el cuerpo inerte de su hija bajo un sauce. Ajena a las lágrimas que se mezclaban con la lluvia y a los sollozos ahogados por los truenos.
                                     

"Extraños" de Lucía Espinosa


Todo había cambiado mucho desde que esos seres llegaron, pensó mientras preparaba el desayuno, nadie sabía exactamente como ni cuando llegaron a la Tierra, lo único que Ibis sabía es que eran peligrosos y que se habían llevado a sus padres nadie sabe cuando. Una de las muchas cosas malas que tenían los oscuros (como Ibis había decidido llamarles) era que cuando mataban a alguien, nadie se acordaba de ellos, solo que existieron. Ibis no podía recordar el aspecto de sus padres, (aunque ella siempre había querido pensar que se parecía a su madre con su pelo caoba y sus ojos marrones verdoso, nada parecidos al pelo negro y los ojos azules de sus hermanos Philomena e Intuintus que eran gemelos), ni su carácter, ni siquiera como se llamaban, solo recordaba que en algún momento los había tenido. El sonido de unos pequeños pasos detrás suyo la devolvió a la realidad. Intu y Philo estaban despiertos y la miraban con cara de sueño.
- Buenos días Ibis-dijo la melódica voz de su hermano Intu- ¿Ya está el desayuno?
-Sí, ¿teneis hambre?
-Mucha- dijo Philo con su vocecita aguda.
-Pues a comer.
Los niños se sentaron en la mesa e Ibis les sirvió una manzana a cada uno. Mietras todos comían sus respectivas manzanas un grito rompió el silencio. Ibis salió corriendo hacia la puerta. - Niños, meteos en vuestra habitación, no hagais ruido- dijo Ibis en un susurro. El asentimiento de los niños la dió a entender que la estaban escuchando y corrieron hacia su habitación. Ibis cogió su ballesta y abrió la puerta. A unos pasos de la puerta de la cabaña había un niño, más o menos la misma edad que ella, 16 años, arrastrandose por el suelo. -¡Ayuda! Por favor- Ibis levantó su ballesta hacia el chico.-Dime que estas haciendo aquí y a lo mejor tendré piedad con tigo- dijo Ibis con una mirada amenazante.
-Por favor no dispares, se han llevado a mi hermano, y casi me llevan a mi con él, dejame pasar, si me encuentran así me matarán como hicieron con él, solo te pido quedarme unos días para recuperarme y luego me iré, no se a donde pero me iré- el niño levantó la cabeza e Ibis pudo ver sus dos ojos verdes mirandola con piedad. Detrás del niño aparecieron dos oscuros, eran negros completamente y flotaban como fantasmas, no tenían ojos, ni boca lo que hizo que Ibis se preguntasé por donde comían a sus presas. Cogió su ballesta y empezó a disparar a todas partes pero no hacía efecto, Ibis corrió hacia el niño, lo cogió por los brazos y lo metió dentro de la cabaña, arrastrándolo y cuando llegó cerró la puerta. Sabía que los oscuros no podrían entrar por un hechizo que un hechicero hizo a la cabaña.- Vale, dime ahora quien eres y por qué te estaban persiguiendo- dijo Ibis con el corazón a cien.
-Mi hermano y yo ibamos a la casa de un hechicero que vive en este bosque, se como hacer que el mundo vuelva a ser como antes.

"Una mesa...y una carta" de Giorgio Venturini


Una mesa.
Y una carta.
En medio del salón había una mesa de cristal, encima de ella, una carta blanca con unos cordones grises formando un lazo.
Señora Smith.
Downtown Road, 33.
Su nombre y dirección aparecían impresas. En su mano izquierda brillaba un abrecartas plateado. Giró la carta y observó quien la mandaba. Sin remitente. Su mano empezó a temblar. El sudor perlado bajaba por su frente. La habitación comenzó a estrecharse en su mente, agobiándola, le faltaba el aire. La carta seguía intacta encima de la mesa. Una parte de ella pensaba que lo mejor era abrirla y saber lo que ponía en su interior pero ella no se atrevió a hacerlo. No estaba preparada. Las lágrimas brotaban de sus ojos sin cesar haciéndole cosquillas al recorrer sus mejillas, se tumbó sobre el frío suelo de mármol. Oía un pitido constante en sus oídos, que se vio interrumpido al escuchar cómo intentaban abrir la puerta al grito de: "policía". Ella se preguntó cómo había podido atropellar a esa persona, ni siquiera la vio. Esperó su final con resignación. Miró al techo y dejó que los policías se la llevaran. En ese momento en la casa sólo quedaba...
Una mesa. 
Y una carta.

"Nosotras" de Lucía Soler

Nosotras no necesitamos a nadie que nos guíe; no necesitamos a nadie que nos mande; no necesitamos a nadie para lograr lo que queremos. Nosotras ya sabemos hacer todo eso bastante bien, y sin ayuda.
Las únicas que decidimos qué hacemos y cómo lo hacemos somos nosotras mismas. Nadie más.
Sabemos que estamos infravaloradas por la insulsa sociedad que sólo quiere hacernos ver que somos más débiles. Lo sabemos. Sabemos que quieren callarnos, pero no vamos a hacer otra cosa que gritar más alto. Pero también sabemos que somos fuertes. MUY fuertes. Y esta lucha no va a acabar pronto, porque el que se da por vencido acaba perdiendo, y nosotras no somos unas perdedoras, somos unas LUCHADORAS.

lunes, 16 de abril de 2018

"Smite" de Javier Sanz



Smite es un juego de acción online creado por Hi-Rez studios.
Hay varios modos de juego pero el principal es conquista. La partida la integran dos equipos, y cada uno está compuesto por cinco jugadores. El objetivo es destruir el titán del equipo contrario, pero para ello es necesario destruir alguna de sus cinco torres y alguno o todos sus fénix. En el campo de batalla hay tres carriles o líneas principales, también  hay una jungla, en donde se pueden conseguir ventajas temporales, tales como una mejora de velocidad de movimiento, aumento de poder físico, aumento de experiencia...
Cada dios (personaje) juega un rol asignado principalmente por el tipo de dios elegido (mago, cazador, guardián, asesino o guerrero). Los centinelas, los ítems y los consumibles son de gran ayuda pasada la mitad de la partida, ya que te aseguran un incremento de tus estadísticas además de salvarte de apuros y revelar información enemiga.
Es un juego muy estratégico y complejo, por lo que se necesita un alto nivel de experiencia a medida que se progresa y si se quiere participar en ligas, porque se requiere un nivel superior a treinta. Existe la opción de unirse a un clan y crear grupos con los que jugar partidas, aprender de sus tácticas y obtener recompesas por ello.
Los eventos, actualizaciones, introducciones de nuevos dioses y muchas otras cosas hacen que la actividad en smite sea alta y entretenida.
Recomiendo su instalación a todos aquellos que les guste la estrategia y ación. Por el hecho de que es un juego casi único y para jugar con prosperidad es necesario, como ya he dicho, estrategia y rapidez.


viernes, 13 de abril de 2018

"Silencio" de Víctor Fisac



“Silencio. Silencio en aquella inmensa explanada. Ese silencio que hace que te estallen los oídos. Ese silencio que permite escuchar tus propios pensamientos. Un silencio sepulcral. El silencio que precede a la muerte. No se oía ni un solo alma, todo el mundo contenía la respiración mientras esperábamos el siguiente impacto. La bala de mortero cayó como la primera gota que anuncia un diluvio. El silencio se despedazó y los gritos se adueñaron de la explanada.” Salí de mis recuerdos y miré la soga que tenía entre mis manos. “Me sorprendí admirando el fusil que me habían entregado aquella mañana. Apoyé mi mano en la culata, tallado en madera antigua se podía leer Berthier 1911. Deslicé mi dedo por el arma hasta llegar al cañón, largo y fino, acaricié la hoja de la bayoneta, que relucía a pesar del polvo del ambiente, y levanté la mirada.” Apreté el nudo y dejé la cuerda en la mesa. Me levanté y puse a hervir algo de agua. “Nunca había visto nada igual. Una inmensa nube verde-grisácea se abalanzaba sobre nosotros. Tomé una bocanada de aire y sentí fuego bajando por mi garganta. Empecé a toser y la vista se me nubló.” Sacudí la cabeza y eché unas hojas de té negro y cáscara de naranja al agua. Así era como ella me había enseñado a prepararlo, enseguida cogió aquel color cobrizo que tanto lo caracterizaba. Volví a sacudir la cabeza, pensar en ella era aún más difícil, pues ya no estaba. ¿Qué me quedaba? “Abrí los ojos en la enfermería. Sentía adormecido el brazo. Torcí la cabeza y me desmayé al ver la mitad derecha de mi cuerpo. Al despertarme de nuevo descubrí la atenta mirada del médico. Me dijo que era el único que había salido con vida y que la suerte me había sonreído.” Aún hoy, creo que eso no fue una sonrisa. Todavía arrastro esos recuerdos y el del accid..., el del accidente de mi esposa... Ya no puedo aguantar más... Me subo a la mesa, me rodeo el cuello con la soga., me dejo caer, y, qué curioso, la que me sonríe es la muerte.

miércoles, 11 de abril de 2018

"¿Qué quiero ser de mayor?" de Paula Arévalo


Todo empezó un día de verano que, estando yo muy aburrida en la piscina de casa,   pensé en cómo podría divertirme. Como no sabía qué hacer, decidí subirme a casa y empecé  a jugar en mi habitación con mis muñecos.
Los coloqué en fila uno detrás de otro, como si cada uno estuviese sentado en su pupitre. Les repartí unas hojas y unos mini- lápices y empecé a explicarles las sumas en mi pizarra borrable.
Realmente esto era lo que más me divertía. Me pasé así jugando a esto el resto de la tarde.
Durante el verano repetía este juego casi todos los días. Incluso me llamaban para bajar a la piscina y alguna vez, prefería quedarme en casa jugando.
Disfrutaba mucho. Yo misma me encargaba de hacer a cada alumno sus exámenes según las lecciones que dábamos, luego los hacía y me encargaba yo personalmente de corregirlos y ponerles la nota según lo habían hecho.
Durante el curso pasado, me fijaba detalladamente en todo lo que hacían los profesores, cómo, corregían, cuáles eran los castigos, su forma de ser, etcétera e intentaba imitarlos.
También me encargaba de hacerles los cuadernos de cada asignatura que tenían como de Lengua, Matemáticas…
Les hacía juegos y concursos para que las clases fueran más amenas, no cansaran tanto, y fueran tan aburridas y que los alumnos, al final no atendieran y estuvieran en su mundo.
Las agendas también las hacía yo a mano, y estaban personalizadas. Ponían los días de todo el curso y dejaba un espacio para los deberes, había un espacio al principio de la agenda, especialmente, para las comunicaciones de familias para el profesor y para las familias.
Algunas veces, cuando hacíamos concursos en grupo, les ponía pegatinas en las agendas.
Como mi cumpleaños era en verano, les pedí a mis padres que si me podían regalar un cuaderno de profesor para apuntar las calificaciones de cada alumno, las reuniones, tutorías con los padres y las fichas de cada alumno.
Yo me encargaba de hacer el horario de mi tutoría y de las demás clases y por supuesto, el mío.
Los alumnos de mi tutoría se llaman Álex, que tiene seis años, Marta, que tiene seis para siete, Alicia, tiene seis años, Pablo, que tiene siete recién cumplidos, Paula, con seis años y Miguel, con siete años.
Después daba clases a alumnos de esa misma edad y luego también de cuatro años y cinco años, bajaba abajo del edificio a las clases de Infantil a darles clases.
Por eso, mi ilusión sería ser profesora tanto de Educación Infantil como de Educación Primaria. Quiero hacer el Doble Grado en Educación Infantil y Educación Primaria en la Facultad de Formación de Profesorado y Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene muy buena reputación, desde mi punto de vista, y me pillaría muy cerca de mi casa.
Por eso, decidí en firme  que de mayor quería ser profesora.


"Echar de menos"


Todos en algún momento hemos añorado a alguien, hemos querido verlo y hemos echado en falta su presencia, eso quiere decir, que hemos echado de menos a alguien.
Echar de menos es fácil, ocurre cada día, cuando menos te lo esperas. Pero no todas las formas de echar de menos son iguales, unas se expresan con dolor, otras con odio y otras ni se expresan.
Puede ocurrir cuando pierdes a alguien para siempre, tienes una sensación de vacío, de saber que nuca volverá.
Puede ocurrir cuando alguien que siempre ha estado a tu lado, apoyándote en todo momento desaparece. O simplemente cuando te distancias de alguien cercano a ti.
Pero todo lleva a una conclusión, echar de menos duele, es un sentimiento de vacío, que algún día se puede llenar, o tal vez que no se llene nunca.                                                                                                 Pero lo que hay que tener claro es que echar de menos es bueno. Y os preguntaréis porque, pues simplemente porque gracias a ese sentimiento, gracias al `echar de menos´ tenemos recuerdos fantásticos. Gracias a esa sensación podemos revivir los momentos una y otra vez, y volver a ser felices aunque sea por un instante.

"Vida" de Lidia Santos



El momento había llegado.
En una fría noche de abril decidí terminar con mi vida.
Muchos iban a juzgarme por lo que iba a hacer, pero estoy segura de que no podrían entender por lo que había pasado. La vida no tenía sentido para mí; no tenía motivo o razón para seguir viviendo. Si, me llamarán cobarde, estaba eligiendo el camino más fácil.
No podía seguir a adelante, había tomado mi decisión el primer día que desperté sabiendo que mi familia había sido asesinada. Sin embargo, había intentado durante tres semanas encontrar una razón para seguir viviendo, pero nada había funcionado.
Lo intente todo. Terapias, medicación, todo pero no podía seguir a adelante, al menos no cuando sabía que mi familia había sido asesinada a sangre fría, incluso cuando no podía recordar esa horrible noche. Cada vez que cerraba los ojos todo lo que pasaba por mi mente era sangre. Cada vez que veía a una pareja me recordaba a mis padres. Cada vez que escuchaba una risa recordaba a mi hermana pequeña. Ah… y las pesadillas…eran horribles. No me culpen por elegir el camino fácil.
Siempre había sido una persona débil y estaba en contra del suicido, pero era mi única opción.
Subí a la barandilla temblorosa mente y miré abajo. La sensación de vacío frente a mi me hizo morderme el labio nerviosamente.
Es tan alto.
Por un momento sentí miedo pero fue reemplazado por el alivio de que todo ya fuera a acabar.
El mundo se había vuelto asfixiante para mi, tan sin sentido. Mis ojos llenos de lagrimas miraron al cielo. Me gusta pensar que mi familia esta ahí arriba, esperando por mi, ese es mi único consuelo.
-Lo siento mamá y papá- Mi voz estaba entrecortada, - Lo intente, de verdad que lo intente.- dije al aire mientras mis lagrimas comenzaban a bajar por mis mejillas. Solo tenia que dejarme caer y todo habría acabado.
Cuando me sentí preparada cerré los ojos.
-Salta- Deje de respirar cuando sentí una voz a mi lado.- ¿A que esperas?- Era una voz masculina, abrí los ojos y gire la cabeza para mirar abajo.
Había un chico encapuchado apoyado en la barandilla. No podía verle la cara, pero me apuesto el cuello a que era muy guapo.
-Nadie va a detenerte si es lo estas esperando- Su voz era fría y calculadora.
¿Quién eres tú? Recuerdo que pensé cuando le vi. ¿Quién lo diría? Pienso ahora. Ese chico me salvó la vida en su momento. Si es cierto que lo hizo a su manera. Pero me salvó la vida.
Y ahora me toca a mí salvar la suya.
Cogí el bisturí y me dispuse a comenzar la operación.

    





lunes, 9 de abril de 2018

"La cueva inexplorada" de José Antonio Ortega


Era una tarde calurosa del 76 cuando los cuatro aventureros de nombre Martín, Pedro, Yago y Juan se encontraban de turismo en África. Como grandes exploradores que eran, decidieron realizar la mayor expedición de sus vidas, visitar la tenebrosa cueva “ Yanami” situada al norte de este continente. Antes de realizar esta expidición fueron recaudando información sobre aquella cueva. Al parecer, todos los relatos que contaban las tribus cercanas a la cueva coincidian en que esta fue habitada por antecesores que la poblaron alrededor de un millón de años antes. Esto quería decir que probablemente encontrarían pinturas ruprestes en las húmedas paredes de la cueva.
Unos días después ya ansiosos, los 4 amigos se dispusieron a entrar a la cueva. Pero antes había que realizar un largo camino hasta llegar a ella, ya que se encontraba alejada de su posición. Ya cargados con el equipaje adecuado se pusieron en marcha. Dos horas después con ayuda de un guía llegaron hasta esa misteriosa cueva. Recogieron los utensilios de exploración y sin pensarlo dos veces entraron a ella. El principio de la cuevatenía un ambientte húmedo por lo que el suelo era bastante resbaladizo y por ello tuvieron que ir con precaución. Ya pasado el peligro se encontraba a 20 metros bajo el suelo. El frío cada vez era mayor y la sensación de claustrofobia era muy notable. Derrepente, Yago , uno de ellos gritó a sus compañeros que se encontraban más retrasados. Este había encontrado una magnífica pintura de un ñu. Era muy fácil reconocerlo ya que la figura se mantenía en notables ccondiciones gracias a la temperatura y el ambienta de aquel sitio. Cuando menos se lo esparaban se toparon con el final de la cueva. Era un gran pasillo repleto de estagtitas y estalagmitas que goteaban unas en otras. Al final había una gran pintura. Estaba representada toda la tribu que vivía allí. Pero para desastre de ellos tenían que volver ya que empezaron a haber temblores. A pesar de estar disfrutando tuvieron que salir corriendo por si había riesgo de derrumbe.
Así fue, la cueva nada más salir se derrumbó por lo que el acceso quedó inhabilitado para siempre. Finalmente los chicos que aunque tuvieron que salir, volvieron a España con una gran anécdota ya que fueron los último exploradores en ver aquella misteriosa y maravillosa cueva.

"El libro sin retorno" de Carlos López

Aquel iba a ser un fin de semana para descansar de folios, libros y apuntes que los habían tenido atrapados esos últimos días de evaluación. Por fin escaparían de  una rutina intensa y aplastante. Kaneki, Alan y Dan instalaron la tienda de campaña y decidieron conocer los alrededores de aquel paisaje lleno de vegetación y espesura. Alan, que había sido scout, reconocía alguna que otra señal del paso de excursionistas por allí, por ello decidieron seguir los pequeños montículos de cantos que les indicaban una ruta. Aquello parecía prometedor, quizá el camino hacia una aventura. El canto insistente de un pájaro los hizo salirse de su trayecto y los atrajo hacia un árbol especialmente frondoso; era un lugar idóneo para descansar y beber agua. Al tumbarse en la hierba, Dan se fijó en las ramas que apuntaban al cielo soleado y se sorprendió al ver algo colgado de una rama. Era una mochila desgastada por la luz y el tiempo, que parecía esperarlos allí desde hacía mucho tiempo.
               Alan, ayudado por sus amigos, logró descolgarla y se abalanzaron sobre ella presos de curiosidad. Dentro hallaron objetos de un montañero y, entre ellos, destacaba un viejo libro con cubierta y papel antiguos, cuyo título era La montaña maldita. Como el día ya declinaba, iniciaron la vuelta al campamento con la idea única de leer el libro al calor de la hoguera.
               Tras la cena, Kaneki, que era gran amante de la literatura, decidió leerles la historia en alto. Se desarrollaba en un paraje oscuro, envuelto en misterio y sombras como aquellas que los rodeaban esa noche. Conforme avanzaban las líneas del libro se sentían más y más cautivados por la trama en la que los tres protagonistas del relato vivían una noche interminable perseguidos por una bestia en medio de las sombras entre rocas y árboles. Los sonidos nocturnos que el libro describía eran semejantes a los que sonaban en las inmediaciones de la hoguera, por ello les invadió el miedo, pero no podían parar de leer. Cuanto más se adentraban en la historia, más se parecían los ruidos, las sombras y las sensaciones a las que percibían alrededor. Los protagonistas del libro, huían de unos gruñidos que les pisaban los talones y aunque apuntaban con sus linternas en todas direcciones, no lograban ver ninguna presencia. Siempre habían oído hablar de “la criatura” de la montaña y se habían reído, pero esa noche iba a cambiar sus vidas para siempre. Kaneki, Alan y Dan se sentían sobrecogidos por el misterio de la historia, atrapados en el mismo miedo que los protagonistas y presos del pánico, oyeron pasos más allá de las sombras que proyectaba la hoguera. Eran pesados y lentos, acompañados de una respiración casi ahogada y agobiante. Dan, cogió un palo y lo encendió, decidido a alumbrar la zona de donde provenían; sus amigos lo siguieron con linternas sin soltar el libro porque ya no se podían separar de él.
Continuara…




"Entretenimiento terrorífico" de Marcos Núñez



Aún me acuerdo de aquella vez en la que estaba mirando por mi ventana aburrido porque mi padre no me dejaba salir, ya que, estaba castigado por lo típico de no bajar  la ropa sucia. Lo único que me apetecía en ese momento era salir con mis amigos, ni jugar a la consola, ni ver la televisión, ni nada que me hiciese pasar el rato. De repente me entraron ganas de escribir, y como un loco, así que cogí aquel ordenador portátil del año de la polca que tenía guardo debajo de la cama y empecé con un Word y una letrita tamaño once, la cual me costaba ver y me obligaba a posicionar el cuello hacia delante. No se me ocurrió otra cosa que escribir un relato de terror, pero hasta de escribir cosas tan siniestras empecé a oír ruidos muy raros al lado de la puerta de la habitación. En ese momento me entró un escalofrío por el cuerpo y deje de escuchar el sonido de las teclas del ordenador ya que se me habían bloqueado las manos, en cuanto recuperé la movilidad de ellas, mis manos pálidas y frías, de inmediato cerré el Word y me puse a mirar cosas por Internet pero me aburría, y, sinceramente había cogido el gusto de escribir, así que intenté olvidar lo ocurrido y volví otra vez a escribir cosas siniestras, pero, en cuanto toqué una tecla, un ruido sonó detrás mía, y ni me quise dar la vuelta.

"Monotonía" de Lucía Soler


Abrí el ojo. Las 11 y 14 exactamente, como todos los días. Unos deslumbrantes rayos de luz penetraron en mis ojos mientras organizaba en mi cabeza cómo iba a ser mi día. Poco a poco me fui incorporando hasta que tuve la voluntad de, finalmente, levantarme. Me daba pereza. Siempre me cuesta levantarme, pero una vez que estoy en pie no paro. Fui andando lentamente hacia la cocina, adormilada y con la cabeza aún en otro mundo, y me preparé el café; el de todas las mañanas. Me senté a desayunar. Tenía 13 minutos, no más. Después, iría a vestirme. Para ello tenía exactamente 21 minutos. Y si esto no se cumplía me agobiaba. Mucha gente me considera una persona rara. ¿Pero realmente qué es ser rara? En realidad no es más que una opinión, es algo subjetivo. Es cierto que tengo costumbres que para algunos podrán resultar extrañas. Y una de ellas es esta. No puedo vivir sin organizarme. Soy una persona cuadriculada y si me sacan de mi horario me agobio, pero muchas veces la monotonía se hace pesada, y el camino se hace cuesta arriba. No me gusta nada perder el tiempo, en absoluto. No me gusta no tener el control sobre el tiempo. Muchas veces siento que tengo que tener toda mi vida planeada y organizada, y si no es así me agobio.  Pero sé que la vida solo la vivimos una vez, solo tenemos una oportunidad. Desde la experiencia, a veces creo que es mejor no organizar las cosas y que surga lo que tenga que surgir; no podemos dominar todo. Es algo que por mucho que queramos no lo podemos evitar. Pero no nos debemos olvidar que hay que disfrutar, y no todo se basa en horarios, planes y rutinas. Muchas veces hay que dejarse llevar y, principalmente, disfrutar. Es algo que debo aprender e interiorizar. Y quiero empezar a hacerlo desde hoy, porque si sé algo es que la vida es un camino de constante aprendizaje. Me recogí el pelo, me abroché el abrigo, cogí mis auriculares y mi bolso negro y me dirigí hacia la puerta. Pero antes de salir me detuve a pensar. Estaba lista para empezar un nuevo día, diferente a todos los demás.

"Áznol" (2) de Manuel Rodríguez




Entre aquellos guerreros se encontraba el joven Cedium, que no era precisamente un buen luchador, pero se había visto obligado a acudir a la guerra. En su familia todos se dedicaban a los zapatos, excepto él y sus dos hermanos mayores, Zaz y Meldo, que también habían ido a la guerra, aunque sólo Zaz quería luchar.
En ese momento, estaban los tres metidos en una pequeña cueva junto a muchos soldados más. Allí no hacía demasiado frío, pero se notaba un ambiente húmedo y el sonido del viento rebotaba en las paredes.
-Señor, todavía no han vuelto los espías, salieron ayer por la tarde.-                                                                            
-No podemos retrasarnos más, tenemos que arriesgarnos.- Dijo, en tono cortante, el capitán. -¡Prepara a los soldados, partimos en menos de una hora!-
Todos los que habían escuchado la conversación se pusieron al momento de pie y comenzaron a recoger sus bolsas. Cedium cogió su arco, heredado de su padre, y se colocó en una fila, detrás del inmenso escudo de Meldo.
Cuando todos estuvieron listos, empezaron a caminar por el estrecho camino de la montaña, muy pegados a la pared. Esa noche, Cedium había visto a cuatro hombres huir del campamento, y no le extrañaba que se hubieran ido unos pocos más. Cada vez le costaba más mover sus empapadas piernas, no soportaba las rozaduras de sus botas y la fila avanzaba cada vez más despacio. Entonces, se le ocurrió un idea que le iluminó el rostro de felicidad: esa noche abandonaría su puesto y se iría de allí con sus hermanos. Se lo susurró a Meldo al oído y él, que ya lo había pensado antes, asintió con la cabeza. En cambio, Zaz, que se sentía el más fuerte y el más valiente de los tres, se negó a traicionar a sus compañeros:
-Cuando lleguéis a casa, nuestro padre os castigará y os obligará a volver-
-¡Venga ya! ¿Eso es lo que te asusta? Nuestro padre no se acuerda ni de lo que ha desayunado, ¡seguro que cuando lleguemos ni siquiera nos reconoce!- Contestó Meldo, ofendido.
-No os reconocerá a vosotros, de mí seguro que se acuerda, nunca olvidará cómo le salvé la vida de aquel enorme pájaro endiablado que…
-¡Vale! Si tú prefieres quedarte, te quedas, nosotros nos largamos esta noche- Repuso Meldo, más enfadado aún.
-¿Y cómo pensáis marcharos? El campamento estará vigilado.-
-Eso no nos supondrá ningún problema, en absoluto.-