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jueves, 29 de abril de 2010

"La corabata azul y naranja" (Eduardo G. Igualada)




Era la primera vez que me llevaban a un cementerio.

No tanto mi “corta edad”, dieciséis, como sí, la eterna manía protectora de mis padres, me habían mantenido alejada de esos eternos lugares más añejos que la propia historia, que tanto respeto han emanado, emanan y emanarán…

Tuve que asistir vestida de negro, como era de esperar. Llegamos al cementerio en un elegante Mercedes. Mi padre, mi madre y yo, estábamos sentados en la parte trasera del coche y un chofer conducía. Mi madre miraba por la ventana, con unas grandes gafas de sol, al más puro estilo diva. No soltaba palabra. Mi padre iba sentado en el centro y me apretaba fuertemente, una fuerza cariñosa pero que empezaba a adormilar mi mano.

Lo cierto es que todo resultaba vagamente extraño. Nunca había tenido el “placer” de vestir en mi totalidad de negro, así que no conocía el modus operandi de un entierro. Pero un sinfín de películas devoradas durante mi infancia y adolescencia, y las grandes estanterías que conformaban las paredes del despacho de mi padre, repletas de las novelas que habían definido mi adolescencia, me daban una más o menos lejana idea de lo que era un funeral.

Miré por la ventanilla, viendo sucederse uno tras otro las copas del verdor del paisaje, mojadas por la lluvia de la húmeda mañana.

El coche frenó ligeramente y paró ante una veintena de mujeres y hombres trajeados, que se agolpaban bajo los paraguas negros, cumpliendo con un impecable maridaje entre los trajes oscuros y los paraguas mojados.

Mi madre abrió la puerta del coche y bajó pisando tacón sobre suelo mojado. Mi padre y yo la seguimos. La gente, manteniendo la estricta compostura que vivía desde que había nacido, se acercó a mi dolorida madre, dándole el pésame. A mí me miraban con repulsiva conmiseración en los ojos.

Fue entonces cuando me percaté de que había obviado esa mañana el preguntar quién había muerto. Empezaba a estar incómoda en ese lugar, bajo el desconocimiento de una muerte, que debería causar estragos en mi actitud de perfecta fortaleza.

Entramos en la pequeña iglesia, sobre la pequeña meseta, rodeada de un verdor intenso de la Asturias oriental de Niembro. Al fondo pude ver la agitada mar rompiendo contra las piedras grises, tan grises como el cielo de aquel día.

Mi padre no me soltaba. Al entrar mi madre me cogió de la otra mano y nos encaminamos hacía el altar. Giré la cabeza y sentada en un banco, una mujer de tez oscura, con pamela se giró, me sonrió y levantó la mano a modo de discreto saludo.

Seguí el pasillo acompañada por mis padres (parecía mi boda) y subimos las escaleras del altar donde estaba el ataúd. Con un cierto nerviosismo en el cuerpo en espera de saber cual era la muerte que tanto entristecía a mi progenitora, mi madre me paró en seco, acercó sus labios a mis oídos, y con ojos húmedos ocultos tras la oscuridad de sus gafas me dijo: “¿Estás preparada?”

Asentí. ¡Qué nervios! ¡Qué emoción! Me acerqué, me asomé y temblé.

¡Aquello no era posible! ¡Sentía su mano agarrada a la mía!

Entre maderas brillantes y telas rojas estaba mi padre, con los ojos cerrados, sonriente y vestido con su corbata predilecta, azul y naranja. Atónita, miré a mi derecha, donde había estado mi padre durante todo el trayecto del funeral. ¡Ya no estaba! Miré a mi alrededor. Bullicio de marca y elegancia de negro solo. Pero mi padre no estaba ya a mi lado, en el mundo de los vivos.

Miré de nuevo al ataúd, volviendo a ver a mi progenitor sonriendo a la eternidad. Cerré los ojos en un simple y truculento amago de un sueño.

Volví en mí, segundos más tarde y recordé la muerte, y recordé que mi padre había muerto, sucumbiendo ante los mortales encantos del cáncer.

Y frente al ataúd del escepticismo, bajo la atenta sonrisa del hombre de corbata azul y naranja, mi difunto padre, me pregunté: Ubi sunt?

1 comentario:

Literatura Blog dijo...

Ya sabes, cher Eduardo, que siempre he admirado y admiraré tu buen hacer como escritor. Sigue así...en la brecha, que, sin lugar a dudas, inspiras a todos tus compañeros.