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martes, 27 de octubre de 2009

La fiesta

Clara, como todos los sábados, abre las floridas cortinas de mi habitación. Yo me retuerzo, como todos los sábados entre mis sábanas. Ella me ve, ve que odio el despertar y no se digna ni a decirme un: buenos días. Se queda mirándome, mirando como me retuerzo, como un Drácula ante la luz del sol, y luego sin mediar palabra cruza mi habitación y sale al pasillo. Yo me quedo en la habitación, infectada por una embriagadora luz matinal, la cual aborrezco.

Cuando de nuevo consigo conciliar el sueño, Marta, mi aya, llama a mi puerta –Que, como es muy grandona, parece que la va a derribar- y dice: ¡Señorita Lucía no me haga entrar, la espero en el comedor!

Es imposible dormir en esta casa, siempre hay algo más importante que hacer que descansar. Esa norma, parece que no tiene nada que ver con mi madre, quien duerme hasta bien entrada la mañana.

Salgo de mi cama, con los ojos llenos de legañas y busco mis zapatillas, que como siempre están escondidas por la habitación. Encuentro la primera. La segunda sigue desaparecida y cuando llevo un largo tiempo intentando encontrarla, pienso lo que diría mama: Que lo busquen las sirvientas… Dejo de arrastrarme por los suelos, y con un pie descalzo y otro bien calentito, me acerco al lavabo con agua congelada, como a mi me gusta, y me lavo bien el blanco rostro. Luego, cojo mi cepillo y me peino mi alborotado y rizado pelo, sin resultado alguno; digo esto ya que parezco un payaso, de esos que van a las fiestas de cumpleaños de mis amigas, ya que en las mías nunca hay porque me dan un miedo espantoso (La primera y última vez que fui a un circo, para ver a las amazonas, tuvimos que salirnos mi madre, el aya y yo porque cuando aparecieron dos hombres con pelo rojo, sonrisa gigante y nariz tomate me puse a llorar y a gritar. Mi madre, que no le gusta llamar la atención; me sacó rápidamente del circo, mejor dicho Marta, que me sacó en brazos, y nos fuimos directos a casa. Desde entonces nunca más me volvió a llevar al circo)

Cogí mi batín de flores rosas, y salí al pasillo. Estaba desierto, resultaba incluso tenebroso. Era un largo corredor, colocado en la segunda planta de la casona de veraneo. En él, solo hay puertas y puertas que dan a las diferentes habitaciones. A cada extremo del pasillo, hay dos pequeñas vidrieras con dibujos de cacerías. Me encaminé sigilosamente hacia las escaleras, que estaban en el centro de la larga caverna, sin hacer ningún ruido para no despertar a madre. Bajé las escaleras y me planté en la segunda planta. En esta había más tráfico que en La Gran Vía: Doncellas ataviadas con sus cofias, corrían de aquí para allá, llevando la plata, manteles, comidas, sillas; el ama de llaves, las daba órdenes de donde tenían que llevarlo, que tenían que hacer, como lo tenían que limpiar…; el mayordomo salía del despacho de papa, con la bandeja en la cual todas las mañanas desayunaba. Yo me mezclé entre la multitud, me convertí en una más. Anduve por el pasillo hasta el comedor de la cocina donde me esperaba Marta. Allí, sobre la mesa blanca, había una tostada de pan, sobrasada (Recién traída por la tía Dolores del pueblo, donde había estado en la época de matanza y había traído gran cantidad de género que madre denominaba como vulgar y soez) una taza de leche y un gran vaso de zumo de naranja. Me senté, me puse muy remilgadamente la servilleta sobre mi camisón y unté la sobrasada. El aya me miraba, la quería mucho casi como a madre, aunque en mi interior, sabiendo que jamás lo podría decir, apreciaba más a Marta que a mi madre. Cuando estaba tomándome el zumo, le pregunté:

- Marta, ¿Cuál es el motivo de tanto revuelo en casa?

- Señorita Lucía, su madre ha preparado una fiesta para esta noche.

- No lo recordaba…

- Por la cara que pone no le debe apetecer nada…

- Me conoces mejor que mi madre.

Cuando me di cuenta de lo que había dicho, creí que moría y deseé que nadie, además de Marta lo hubieran escuchado y rápidamente como si hubiera blasfemado dijo:

- Señorita Lucía, no vuelva a decir eso que me busca la ruina.

Seguí desayunando, mientras ella, sin que supuestamente me diera cuenta, me miraba con una triste sonrisa. Al rato, Ana, una de las doncellas más jóvenes que había venido nueva este verano de su pueblo, nos avisó de que mi madre se había levantado y que estaba desayunando, que cuando yo terminase subiera a su alcoba que tenían que escoger el vestido que me pondría esta noche en la fiesta.

Desayuné y subí, acompañada de mi inseparable aya, a la habitación de mi madre. Estaba al final del pasillo, su puerta era junto a la de la habitación de mi padre y de la habitación de invitados principal, la única puerta doble. Llamé a la puerta de madera labrada. Abrió la ayudante de mama, o como ella decía su mejor amiga (Era el único hálito de humildad que se podía descifrar en ella, bajo su personalidad frívola y clasista).

Allí en su butacón junto al ventanal, se encontraba ella, escribiendo las últimas órdenes para la preparación de la fiesta, con un camisón de seda color perla y un batín a juego, bebiendo café. Me acerqué y sin que ni siquiera me mirase, la besé la mejilla y me dijo: Buenos días mi vida (Como siempre me decía).

Reparé, mientras esperaba sus órdenes, en que no llevaba la zapatilla del pie derecho.

Miré a Marta, nuestras miradas se encontraron y la señalé disimuladamente a mi desnudo pie. Ella me miró mal humorada y dijo:

- Señora si quiere, podemos ir al despacho del señor para que la niña le de los buenos días y luego, cuando termina de desayunar, venimos.

- Muy bien, retírese. Luego vienes Lucía que tenemos que elegir tu vestido. Verás lo guapa que vas a estar.

Salimos de la alcoba y sin mediar palabra fuimos a mi habitación. Nos pusimos a buscar por toda la sala. Yo no paraba de pensar en lo que había dicho mi madre: Lo guapa que vas a estar… Como era posible que yo, una niña flacucha, fea y con pelos de payaso pudiese estar guapa.

Finalmente encontré la zapatilla debajo de mi escritorio. Me la puse y nos dirigimos al despacho de mi padre. No estaba. Nos encaminamos de nuevo al cuarto de mi madre, donde ella ya estaba echando un vistazo a los trajes que había traído el sastre.

Cuando me vio, sacó un precioso vestido verde esmeralda aterciopelado. Al verlo quedé encantada, era preciosos. Me acerqué, lo toqué, lo disfruté y abracé fuertemente a mi madre. Me dijo que ya podía irme, que a la una estaría en mi habitación para ver como me quedaba. El aya y yo salimos de la alcoba. Nos encaminamos a mi habitación. Entré, y ella se fue. Yo me quedé durante un rato fantaseando con el vestido. Pensaba que era una princesita y miraba por la ventana a ver si venía mi príncipe azul, que en este caso, era el hijo de uno de los jardineros, que todas las mañanas a no ser, que mi madre me hubiera organizado alguna tarea que como ella decía eran máxima importancia, me venía a recoger a la mi casa para llevarme la pueblo donde Luis, el hijo del panadero y Macarena, la hija de una de las doncellas, nos esperaban.

Allí, a lo lejos, en el gran prado, le vi aparecer, sucio como siempre, despeinado por el viento y guapo como su madre. Se aproximo al caserío y se situó justamente debajo de mi ventana, yo le enseñé desde lejos mi maravilloso vestido y él, como era un chico no reparó en el. Me vestí rápidamente con el primer vestido que vi. Bajé corriendo escalinata abajo, busqué a mi aya y al no verla le dije a Lorena, una de las doncellas que la avisara que había ido donde ella sabía, que volvería antes de la una. Cuando estaba cruzando el recibidor, apareció mi padre, tan engalanado como siempre, por la puerta principal. Corrí y salté a sus brazos, él me apretó fuertemente dándome los buenos días, acompañado con un “preciosa”. Iba acompañado por el tío Francisco, o tío Paco como yo le llamaba que era el marido de tía Dolores, que estaban alojados en la casa de invitados. Cuando me despedí de ambos me encaminé a donde estaba mi príncipe Luis.

Le saludé y corrimos por el prado para que no nos viesen.

Al llegar al pueblo, y paseamos por las angostas callejuelas del barrio, y saludar a las señoras que desde primera hora de la mañana se salían con sus “sevillanas” a la puerta y se ponían hablar la una con la otra de cotilleos del lugar. En la plaza del pueblo, donde estaba el ayuntamiento, nos esperaban los demás. Los saludamos y seguimos corriendo. Solíamos ir al monte, o al pueblo cercano donde conocíamos a dos hermanos, que según la gente del pueblo decían que su familia estaba endemoniada. Un día nos explicaron la única razón que existía para estar endemoniados: No eran cristianos, ni acudían a la iglesia, ni estaban bautizados. Rezaba para que mi madre nunca se enterara de esa amistad ya que seguramente me realizase un exorcismo o algo parecido.

Hoy, como yo tenía que estar a la una en casa, nos quedamos sentados a las afueras del pueblo en unas rocas, rodeadas por una espesa vegetación a la cual acudía cuando tenía miedo.

Allí hablando, pasábamos las horas. Recordé que a la una tenía que estar en casa. Salí como alma que lleva el diablo hacia el caserón.

Ya estaba corriendo por el prado de la mansión. Los jardineros llevaban sillas de aquí para allá, poniendo mesas, farolillos, girolas…

Entré por la puerta de servicio. Allí, en la cocina, estaban todas las cocineras corriendo, cocinando, llevando platos, pollos, bandejas… En la cocina había un embriagador olor que me dejó atontada. Miré al reloj. La una y cinco. Me mareé, corrí por los salones, comedor y biblioteca. Vacíos todos, nadie, la casa silenciosa.

Subí las opulentas escaleras, el pasillo estaba lleno, las doncellas corrían, llevando caras sábanas de hilo. Entraban en las habitaciones, limpiaban y hacían la cama. Un descontrol organizado.

Anduve, mirando las puertas abiertas, las criadas agobiadas.

Entré en mi habitación, esperando ver a mi madre para un ataque. Así fue, pero mi madre no estaba, solo estaba mi aya, estresada, blanca, parecía un fantasma. Al verme me abrazó y dijo:

- ¿Sabes que hora es? Menos mal que no ha llegado tu madre.

Sacó mi novelesco vestido de mi armario. Lo extendió sobre la cama. Me acerqué, lo toqué y soñé, me imaginé con el puesto, parecería una actriz de Holliwood. Me lo puse con tal ansiedad, que casi lo rompo.

Me acerqué al espejo dorado y me vi, un payaso vestido de mujer. Pero al ver la cara de felicidad que se le puso a Marta pensé que debía estar preciosa. Se me acercó, me contemplo y con lágrimas en los ojos, me abrazó.

Sonó la puerta y mi madre entró, la vio abrazándome y el aya se separó. Se quedó mirándome sin ningún tipo de sentimiento en el rostro. Finalmente, con aires de suficiencia, me dijo que estaba preciosa. No lo creí. Me dio unas manoletinas negras de terciopelo y una diadema a juego. Salió de mi habitación seguida de su séquito.

En toda la noche no me dirigió la palabra. La fiesta, como siempre, fantástica, o eso dijeron los invitados. Yo al terminar de cenar me fui a la cama, no quería seguir en ese ambiente hostil y opulento. Me quité mi preciso vestido y lo guardé en el fondo del armario.

A la mañana siguiente, Marta, mi aya no estuvo en el desayuno, ni en la comida, ni en la cena.

Nunca más volví a verla.

Original de Eduardo G. Igualada