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martes, 1 de abril de 2014

Texto enviado por Inés García al Concurso Literario

Eran las tres de la madrugada. La melodía del teléfono móvil me despertó de repente. A duras penas distinguí el nombre de quien osaba molestarme a una hora tan impropia. El sobresalto fue mayúsculo. En el display pude leer claramente un nombre: MIGUELITO. La cosa podía haber quedado en una broma de mal gusto por parte de un graciosillo, si no hubiera sido porque Miguel había desaparecido en una zodiac frente a las costas mauritanas dos años antes.
Al pensar en él, sentí una punzada de dolor en el pecho. Las últimas palabras que le dije fueron: “¡No vuelvas a venir aquí! ¡Te odio!” Le dije que le odiaba, y solo supe cuánto le amaba cuando me llamó su madre para contarme la noticia: unos piratas lo habían secuestrado cuando esperaba en la playa a que fuese la hora de volar a Uganda.
-¿Quién era?- murmuró Fran, aún dormido.
-Nadie, sigue durmiendo.
Él me abrazó, y no fui consciente de nada más. Precisamente por el secuestro de Miguel, conocí a Fran. Me quedé dormida gracias al respirar rítmico de mi chico, pensando en lo afortunada que había sido encontrándole y sintiéndome culpable por haber remplazado a Miguel.

Cuando desperté, no recordaba qué había ocurrido por la noche. Eran las siete y media, y mi primera clase empezaba a las 8. Salté de la cama y me vestí precipitadamente. Mientras me calzaba las botas, Fran se despertó, y dijo:
-¿A dónde vas?
-A clase, ¿a dónde voy a ir si no?
-¿Pero hoy no es lunes?
-Sí, claro… ¡Oh! - me acordé. La facultad estaba cerrada hasta el miércoles debido a un accidente en el laboratorio principal. Por esa razón, ese lunes sólo tenía Historia de la química a las 12 y Matemáticas a las 2. Y Fran, tan controlador como siempre, lo sabía.
-¿Quieres ir a tomar algo a la plaza? Invito yo.

Cogimos el autobús número 4, y en cinco minutos comía un sándwich vegetal en una mesa de la plaza. Fran se quejaba de lo caro que era todo, de lo difícil de sus clases y de lo mucho que hacía que no le daban un día libre en la tienda, pero yo no le escuchaba. Miraba las personas que se encontraban a nuestro alrededor. Otros universitarios como nosotros, que también habían tenido la idea de venir aquí, paseaban; algunos adolescentes que se habían escapado del instituto fumaban junto a la fuente; unos señores mayores caminaban lentamente… Y entonces lo vi a él.

No sabía qué me había empujado a venir aquí, pero allí estaba ella, tan encantadora como siempre. Un chico sentado a su lado parecía contarle algo, pero ella no le prestaba atención. Observaba a la gente que la rodeaba, y parecía que buscaba algo. De repente, me di cuenta de que estaba caminando en su dirección, y mi cuerpo no respondía ante mi deseo de parar. No sabía qué le diría, ni qué me diría ella a mí. La última vez que la vi, estaba realmente enfadada. Sin previo aviso, sus ojos se clavaron en mí, y su boca adquirió una expresión de susto. Tras unos segundos de indecisión, se levantó y empezó a correr en mi dirección. Yo también corría, dejando de lado esos pocos metros que nos separaban, hasta que nos fundimos en un abrazo y el mundo se para. No puedo decir cuánto tiempo estuvimos así. Un sollozo surge de su garganta, así como una lágrima se desliza por mi mejilla. Tras un rato, mis palabras hacen coro con su voz, y decimos:

-Lo siento.

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