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martes, 7 de enero de 2014

"La llanura helada" de Mireia Rocas

El crujido de algo me desveló. Poco a poco me iba despertando; me regocijé varios minutos  debido a lo a gusto que me encontraba. Un rayo de luz penetró por mis ojos, quedé absorta durante varios minutos. Instantáneamente abrí los ojos y quedé inmovilizada, sin palabra alguna. No sabía cómo ni porqué, pero una llanura helada se extendía bajo mis pies.
Miles de preguntas rondaron por mi cabeza, estaba agobiada, preocupada y lo que más insegura me tenía. Me encontraba en un paraje desconocido. Lo último que recordaba era estar en casa tranquila, recogiendo mis cosas. No era capaz de recordar más allá de aquello, pero de momento no sería de gran importancia recordarlo; ahora lo imprescindible sería cubrir las necesidades básicas. Giré la cabeza y al lado del suelo se encontraba una mochila a cuadros; la cogí rápidamente y comencé a andar sin rumbo alguno. A medida que comencé a andar el hielo empezó a crujir y mis extremidades a helarse, y no era nada de lo que me  alegrase la verdad; al contrario, sabía lo que podía pasar a causa del frío, hipotermia, neumonía, congelación y fallo de los músculos, no eran cosas agradables y menos cosas que puedan ser tratadas en mitad del hielo. A medida que pasaba el tiempo me estaba dando cuenta de que mis últimas horas serían en aquella triste y fría llanura. Paré de andar debido al cansancio acumulado durante las últimas horas , y vi adecuado parar para ver qué se escondía en aquella mochila. Cuando la abrí vi una caja de cerillas y una vieja manta, cerré la mochila de nuevo dado que no sabría cuando realmente me harían falta. Me giré debido a un fuerte ruido y ahi lo ví 7m de altura , una abalancha, no me dió tiempo a reaccionar y quedé hundida bajo la fría y densa nieve. Mis musculos empezaron a paralizarse , desde mi nariz hasta cada uno de mis dedos de los pies o lo que quedaban de ellos. Supongo que eso es lo que se siente cuando uno va a morir, un frío infrahumano, y en ese momento ves la vida pasar desde que tomaste tu primer biberón ,la primera carcajada, pasando por la comunión y tu primer amor. En ese momento sabes que todo ha acabado, sueltas tu mochila a cuadros y miras toda aquella montaña de nieve. Miras a la vida por última vez y te das cuenta de  que en ese mismo instante pasas a formar parte de aquella dura, fría y ausente llanura helada.

"La última palabra. Parte 4" de Celia Álvarez

La mayor parte de los días eran iguales. Aburridas clases de defensa personal, muchas tareas comunitarias, pocas horas de sueño y una alimentación bastante modesta. Por suerte no todo eran desgracias, estaban Rose y su prima Catherine, a la que conocí poco después. Catherine era, al contrario que Rose, increíblemente extrovertida y con un carácter único. No se cortaba ni un pelo en decir las cosas. Así que, por lo general, era una nueva vida llevadera.
No obstante, conforme pasaban los días, la presencia de Rose me hacía sentirme inseguro. Mis palabras eran torpes y mi corazón se desbocaba cada vez que me daba la mano. Intentaba mostrarme normal, pero era algo imposible. ¿Qué me pasaba? Esa era una pregunta que me torturaba. Cada vez que miraba a Rose, pensaba: “Solo somos amigos”. Pero cuanto más me decía eso, menos me lo creía.
Lo curioso fue que no solo yo estaba al tanto de mi inseguridad. Catherine también se dio cuenta. Cierto día me lo dijo, no recuerdo las palabras exactas, pero fueron directas. Entonces, se produjo un incómodo silencio entre los dos, hasta que añadió: “Por suerte lo que sientes es algo correspondido.” Me quedé mirándola, sin creérmelo del todo.
“Eso… es imposible, -me decía mentalmente- yo no soy la clase de chico del que se enamoran las chicas y menos, las guapas. ¡Ni siquiera soy de los del montón, yo estoy por debajo! ¿Qué tengo de especial? Por otro lado, tampoco creo que Catherine me esté mintiendo.”
De todas formas, Catherine me pido que hablara con su prima. Y me convenció. Esa misma noche, Catherine nos dejó asolas a los dos. Dimos un paso por los alrededores del campamento, llegamos a un claro, nos detuvimos y contemplamos las estrellas. Miramos al cielo hasta que ya no puede soportar más el secreto y se lo dije absolutamente todo. Le revelé mis sentimientos. Ella no mi interrumpió, se limitó a escucharme y a sonreír. Cuando terminé, empezó a surgir un incómodo silencio, que terminó con el roce de sus labios junto a los míos. Aquello era la respuesta que necesitaba, el sinónimo de otras noches así (y mejores) y el inicio de una historia común.

Por desgracia, cada principio viene acompañado por un final y el de la historia que acabábamos de empezar Rose y yo, estaba demasiado cerca, más de lo que ninguno de los dos imaginábamos y deseábamos. El tiempo empezó a correr en nuestra contra.